miércoles, 25 de febrero de 2009

LA MAMÁ QUE QUERÍA SABER QUIÉN SE HABÍA HECHO "AQUELLO"

Me ha vuelto a pasar.
No me gusta llevar al enano al parque... es bastante común ver los sitios de juego de mi ciudad no sólo bastante deteriorados sino además llenos de desperdicios de comida, bolsas, colillas, cáscaras de pipas, toallitas, pañales, envoltorios varios, pañuelos de papel... De verdad que no soy de esas madres a las que no les gusta que el niño se ensucie, me gusta verle jugar en la arena, o en el césped, me gusta que pise los charcos en invierno, me gusta que se tire por la nieve y se reboce hasta las cejas, pero no me gusta en absoluto que tome entre sus manos un palillo de dientes usado, o un güito de aceituna, o un envase de yogurt y como no me gusta, pues no le llevo a los parques. Lo que sí hacemos es pasear e intentar encontrar un sitio libre de carreteras o que tenga algún matorral que represente lo poco de naturaleza que queda a nuestro alrededor.
Por eso, fuimos a dar un paseo cerca de su colegio a ese pedacito de descampado en el que crece
un poco de hierba y no está lleno de basura. El peque se entretuvo trotandillo entre los montones de matorrales que crecían desigualmente, iba de un lado a otro, feliz de poder correr sin estar pendiente de esta hostil ciudad de humos y multitudes esquivando coches.
Al poco de estar allí pude observar la cantidad de excrementos perrunos que campaban a sus anchas. Lo ví y sinceramente, preferí mirar para otro lado y no advertir al nene para que estuviese atento... en fin, era un momento de relax y si los parques no son nuestro "sitio" pues que lo fuese aquél incluso con pegotes caquiles.
Pues sí, al llegar a casa, el olor de la zapatilla delataba claramente que la mierdecilla silvestre se había pegado tal chicle a la suela... Me entra un calor por el cuerpo que tengo que hacer verdaderos esfuerzos porque el mal humor no me haga cometer un asesinato.
No es la primera vez que me pasa (y no será la última) que todavía mi cerebro conserva la imagen de cuando el peque estaba dando sus primeros pasos, le sacamos a la calle y dió un tropezón con tan mala suerte que fue a caer de bruces a una caca de perro.
No sé si lo hacen por pura irresponsabilidad (y me refiero a los dueños) o porque de verdad se creen (otra vez los dueños y no los pobres canes) que pisar una mierda trae buena suerte y nos brindan esa posibilidad de ser afortunados.
Ya está bien ¿no?
¿Os ha pasado a vosotros? Contadme vuestras escatológicas experiencias.


Fotos sacadas del cuento "El topo que quería saber quién se había hecho "aquello" en su cabeza"

5 comentarios:

Melisa dijo...

Nuestra ciudad está hecha una mierda, pero no solo por las cacas de perro: las calles están llenas de papeles, cuando es el Rocio el Cerro amanece lleno de mierda, mi perra ya se ha cortado tres veces con restos de botellones...

Deberías ver la diferencia con Gijón o Oviedo.

No sé si es poco aprecio a la ciudad en la que viven, si trajeron semejante civismo de sus pueblos de origen, si sencillamente son unos cerdos y unos vagos o si el servicio de limpieza se toca las napias a dos manos.

Ya sabes que nunca nadie ha podido pisar una caca de mi perra.

gemma.a dijo...

Sí lo sé Melisa, claro que lo sé, desde siempre te he visto hacerte cargo de tus queridos animales y con eso me refiero también a los viandantes... Mucho antes de que se estilase llevar la bolsa atada a la correa, ya ibas tú con lo que fuese y quitabas el excremento (me acuerdo de Pipo)

Melisa dijo...

Y tienes una idea de a qué responde tanta cochinez getadense? :)

gemma.a dijo...

Pues se me ocurren varias: poco aprecio a la ciudad, poca inversión en limpieza, poca educación cívica y poca reivindicación. Muchos como yo que se quejan y pocos que actúan...

Superwoman dijo...

Como decia aquella muchacha amiga mia del sur, eso es porque son mas perros los dueños que los animalitos...
Un supersaludo